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25 Oct

Paraguachón: la otra frontera

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A medida que el movimiento de pasajeros y vehículos se incrementa en el paso fronterizo de Paraguachón, los servicios de migración en Colombia y Venezuela se ven prontamente desbordados por la creciente avalancha de viajeros que ponen a prueba unos servicios organizados para funcionar con el flujo migratorio de dos décadas atrás. La desidia gubernamental compartida se evidencia en un paso deslucido y arcaico en el que los transeúntes malgastan algo más precioso que el tiempo: su propia dignidad.
El cambio actual de fortalecidos pesos a magros bolívares estimula el viaje de miles de colombianos a Maracaibo, una ciudad culturalmente cercana a los habitantes del Caribe colombiano. Las advertencias de los amigos acerca de la escasez de alimentos que ronda los supermercados venezolanos, pronto se ven refutadas por la realidad. Allí están los productos de las charcuterías alemanas, los jamones ibéricos, los delicados quesos europeos, los vinos portugueses y españoles, y las cajas están atiborradas de compradores impacientes.
Una experimentada hotelería ofrece bajos precios que en Colombia corresponderían a hoteles de tercera o cuarta categoría. Los restaurantes representativos de la ciudad conservan el prestigio de algunos de sus platos emblemáticos y las bebidas tienen un precio irrisorio para los colombianos. La ciudad y sus gentes son amables en extremo, aunque ello no puede ocultar la omnipresente inseguridad.
El retorno a Colombia es llevadero a pesar de las decenas de inútiles alcabalas en el camino.
El panorama cambia cuando empieza la primera cola para el pago de los impuestos de salida  que solo tiene una ventanilla en funcionamiento. A esta cola los funcionarios de la Diex de Venezuela han añadido otra fila innecesaria que se llama “dame lo que queráis”. En ella una joven llena un sencillo volante que debería entregarse gratuitamente a los transeúntes, pero que irregularmente se acapara y monopoliza. Cuando se culmina la cola, la joven cobra por estampar el nombre del viajero en el volante y simplemente dice “dame lo que queráis”. Este trámite irregular prolonga el tiempo del suplicio y crea oportunidades para el soborno. Luego se hace otra larga cola para el sellado de los pasaportes. Sería muy fácil poner a funcionar dos ventanillas más y el flujo de viajeros aumentaría a un nivel  satisfactorio, pero ¿qué sería de la corrupción sin la ineficiencia? Estos funcionarios no son realmente negligentes, en realidad son diligentes, pero en dirección contraria a las normas venezolanas y a los intereses de la ciudadanía de la frontera.
Al llegar al lado colombiano, el viajero está exhausto y malhumorado. El sol canicular del desierto y la carencia de árboles o carpas al frente de Migración Colombia pone a niños,  adultos mayores e hipertensos al borde del desmayo. La atención es más rápida que en Venezuela, pero las condiciones de infraestructura son igualmente desconsideradas.
A estas alturas el recuerdo del solomillo y el Ruffino italiano degustados en Maracaibo ya se ha desvanecido y el balance entre dichas y desdichas es ahora deficitario. El viajero que ha perdido más tiempo en los trámites que en el viaje entiende por qué los antiguos imperios y algunas repúblicas nunca han querido a las fronteras lejanas e insumisas como La Guajira. Desde los tiempos de las cohortes romanas a ellas se han enviado centuriones de la metrópoli dispuestos a abusar de los nativos y a la riqueza fácil.
Esta frontera no es vista como un acceso civilizado de ingreso o salida de los dos países. No. Desde sus respectivos centros  es irremediablemente percibida como la puerta emblemática de las heterotopías.

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