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15 Nov

Del haz de leña a la estufa de la llamita azul

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“Ese hombre no se da cuenta que en la posá, le juntan el fogoncito a la media noche”.
Para hablar de cocina de pueblo, y de adelanto en estos lugares como dice Leandro Díaz, en ‘La diosa coronada’, no podía recordar un aparte más propicio que el antes transcrito, de la canción titulada ‘Isabel Martínez’, cuya autoría ha estado históricamente en disputa, incluida por los Hermanos Zuleta en el LP ‘Tierra de cantores’, que fue prensado por la disquera CBS en el año 1978.
La canción tiene dos vainas que se destacan. Lo primero es que en su interpretación uno de los coristas es ‘El Joe’ Arroyo, y lo otro es que tiene un inicio hermosísimo y un final evidentemente agrario.
El tema empieza hablando de la mujer que estaba solita en el aserrío, y que allí, aprovechó solita, la enamoró y hasta se la levantó. Al final se refiere al hombre que está más sucio que un inodoro (letra original), y que es además ladrón porque se robó un toro, y a La Jagua de Ibirico lo fue a vender.
A propósito del fogoncito, es preciso destacar la especialísima circunstancia de que los monguieros andamos en estos días más felices que puerco en tiempo de aguacates. La instalación del servicio de gas y su inauguración es suficiente motivo para sentirnos particularmente satisfechos y alegres.
Para nosotros, que fuimos nacidos y criados en hamaca, porque allá nadie tenía cuna, y que no disfrutamos de columpios en parque, sino que nos mecíamos en bejucos, este es un paso parecido al de la humanidad cuando el hombre pisó la luna.
No es para un festejo menor, pues desde 1988 recuerdo que en mi presencia se comenzó a plantear el tema, pero para las empresas prestadoras del servicio eso no era rentable en la zona rural.
Como no hay mal que dure cien años ni cocinera que lo resista, lo que parecía un sueño es ya una realidad. Pasamos de la estufita de petróleo, de las que le gustan a ‘La Nena’ Luz Mary Medina y a William Ballesteros, y los fogones de tizón, que son los que me gustan para el dulce de leche y el sancocho, a las sofisticadas estufas que traen fogones, horno, reloj espejito y hasta hablan.
Las ‘bombonas’ de gas, que ya son cosa del pasado, hacen parte de las anécdotas de mi tierra. Muy especialmente recuerdo cuando el camión en el cual Leodegar Roys transportaba una cantidad de cilindros llenos de gas propano sufrió un daño, situación que lo obligó a bajar todas esas vainas peligrosas en el salón de mi casa al aire libre y a viajar a Riohacha a buscar el repuesto.
Cómo les parece que a Jesús Palmezano, más conocido  como ‘El Chato’, que todavía estaba pelangon, se le ocurrió abrir la llave de una ‘bombona’ y salió corriendo. Esa cosa sonaba horrible, todo el mundo corrió buscando la quebrada, buscando salvación, pues sonaba durísimo y el olor se sentía en todo el pueblo. Se decía que Monguí desaparecería, que todos iban a estallar. El único que se atrevió a metérsele a eso fue mi tío Manuel Acosta, pues los demás mortales creíamos que lo que se había iniciado era un siniestro, que todos moriríamos.
Me ha contentado la instalación del servicio de gas porque mejora la calidad de vida de nuestra gente, pero eso sí: no cambiaré jamás un dulce calientico acabado de bajar del fogón con leña, para degustarlo debajo de un palo, por los que se harán en estufa, ni despreciaré un buen café de velorio de pueblo, hecho en anafe y colado en bolsa de cazar mariposas. Definitivamente, en el pueblo polvoriento en que vi por primera vez la luz, no se vive, se disfruta.

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