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15 Ene

‘Tite’ Socarrás y Bolívar Olivella, duelo de varones por el amor y el contrabando

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El ‘Tite’ Socarrás había nacido en Villanueva, rico emporio de acordeonistas y repentistas de la llamada Era Hombriana, por cuanto allí se imponía un marcado antropocentrismo donde el hombre era y se constituía en el centro del universo.
La mujer se consideraba un instrumento de pasiones y por encima de todo relegada a los oficios domésticos, ella simplemente obedecía como una entidad robótica y lo que hacía el hombre siempre estaba bien hecho.
‘Tite’ Socarrás pertenecía a una de las más rancias aristocracias de Villanueva, era nieto del general Sabas Socarrás, héroe y sobreviviente de la sangrienta Guerra de los Mil Días, que en realidad duró 1.128.
Con el trascurrir de los años su figura emblemática ocuparía un lugar en la historia folclórica y política interregional, un ser extraído de una sociedad embozada en el parroquialismo, donde se imponían los partidos tradicionales liberales y conservadores.
El ‘Tite’ Socarrás, sin desearlo, se ha convertido en uno de los personajes históricos que hacen parte del folclorismo vallenato por cuanto los estudiosos de esta música siempre se verán obligados en las parrandas o en las tertulias a comentar el trágico suceso en el que perdió la vida. Siempre se caracterizó por ser engalanadamente conflictivo, romántico y enamorado de su mujer y de sus hijos.
Pero en él se imponían el comerciante y el hombre aventurero, inmortalizado en uno de sus cantos por el maestro Escalona.
‘Tite’ Socarrás muere el 26 de septiembre de 1954 en plena dominancia del Gobierno del Frente Nacional, pues en esa época se celebraban las fiestas tradicionales de Santo Tomás, patrono de Villanueva.
El pueblo estaba prendido de música. A ‘Tite’  le comentaron confidencialmente que unos cuñados, hijos de Bolívar Olivella, le estaban apartando ganado y se lo llevaban para la montaña de El Molino.
Preocupado fue a buscar a su suegro, para que averiguara y tomara cartas en el asunto. ‘Viejo Bolo’, – como le decía él – “me contaron que zutano y fulano se están llevando mi ganado; averigüe”.
Esperaba que su suegro tomara nota e hiciera sus propias investigaciones, pero Bolívar en vez de conceder espacio a la duda, sintió nuevamente afectado su honor.
El mismo hombre que había tomado por la fuerza a una de sus hijas ahora trataba de ladrones a dos de sus hijos. Estalló en fulmínate ira: “desaparece de mí vista! El día que nos encontremos nos matamos. ¡Me matas tú o yo te mato!”.
‘Tite’ Socarrás no le dio mucha importancia al asunto, y al día siguiente madrugó, debía viajar a Codazzi a mirar el algodón.
Pasó lo inesperado
A las seis de la mañana encendió su jeep Willys y fue a buscar a Carlos Quintero para que lo acompañara.
Bolívar Olivella había amanecido en casa de una de sus mujeres, Leticia Rodríguez, su hijo político ‘Tite’ Socarrás llegó pitando y formando su consabida algarabía: ¡Carlos, vamos que es tarde! – en casa respondieron “¡bájate y tomate un tinto!” – Se bajó del campero, cerró la puerta del vehículo y sintió una voz de trueno terrible y desafiante que le gritaba a sus espaldas “¡ahora si me vas a repetir lo que me dijiste anoche!” Volteó a mirar. Era Bolívar Olivella, había escuchado su voz y salió endemoniado con un arma en la mano.
Su cara estaba roja y sus ojos encendidos de una ira demoniaca. “Tranquilo, Viejo Bolo”, dijo sorprendido ‘Tite’ y dio unos pasos atrás. No podía creer que su suegro le estuviera apuntando con un revólver. Sin articular una palabra más, Bolívar le disparó al corazón, pero un movimiento de ‘Tite’ lo salva, aunque queda gravemente herido. Alberto Quintero, hermano de Carlos, le lanza un revólver, y ‘Tite’ lo toma. Le hace un solo tiro a Bolívar Olivella. Este cae muerto de forma fulminante. ‘Tite’ suelta el arma y sale corriendo con dificultad, buscando la carretera principal. Debía alejarse de allí, porque estaba débil. Se estaba desangrando.
‘Tite’ Socarrás se sienta en una piedra y los dos hijos de Bolívar,  ‘Chema’ y Víctor Elías Olivella, quienes aparecieron alertados por los disparos llegan donde ‘Tite’, aunque lo ven herido e indefenso lo rematan a tiros. La pérdida de la mercancía de ‘Tite’ Socarrás, que originó la canción ‘El Almirante Padilla” fue insignificante en comparación con la pena, el sufrimiento y el calvario de su mujer Raquel Olivella.
En conclusión, una sociedad absurda, decadente, deshumanizada e insensible, le aplicó la malvada Ley, el Inri del caído caerle; sin embargo, sus tres hijas lograron salir adelante.

La reconciliación
Las familias Socarrás y Olivella pudieron volver a reconciliarse 25 años después, mientras que al  folclor vallenato le quedó una inmortal obra que hace parte de los clásicos de la música, narrada en su momento por Rafael Escalona, en donde a ‘Tite’ Socarrás antes de morir, no se le cumplió su deseo que la fragata Almirante Padilla fuera hundida por los comunistas durante la guerra de Corea.
La fragata Almirante Padilla fue calificada en su momento por ‘Tite’ Socarrás y narrado por Rafael Escalona como “barco pirata bandido, que Santo Tomás me crea, una fiesta le he ofrecido, cuando un submarino lo volteé en Corea”, todo por haberle decomisado el café que en su momento ‘Tite’ Socarrás  transportaba de contrabando por las costas de La Guajira en barco ‘Puerto López’.
Una década después de la muerte de ‘Tite’ Socarrás (1964) el malogrado barco encalló en unos coralinos cerca de la isla de San Andrés, en donde fue imposible sacarlo de allí y se dio la imperativa orden de hundirlo.
Ese acontecimiento que le generó una pérdida a la Armada fue celebrado en Villanueva, y quienes tenían intereses en el cargamento de café, participaron de una misa como agradecimiento a Santo Tomás, a quienes los feligreses en su momento habían pedido que la fragata Almirante Padilla se hundiera.
“El que tiene es el que pierde, eso dice Socarrás; ese dicho, no es mi dicho, porque yo Escalona no he perdido ná”. Sin embargo el alcalde conservador de Villanueva de la época, ‘Enriquito’, viajó a Bogotá con el fin de recuperar la pérdida de los villanueveros, pero el circunspecto, Laureano Gómez, presidente de ese entonces, acabó con Puerto López, aunque no con el contrabando en La Guajira.

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