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03 Feb

Diego Sarmiento, único juglar sobreviviente de la generación de Francisco ‘El Hombre’

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Por las calles estrechas y laberínticas del barrio Miraflores de Maicao se apareció de mano de su hija Mileidys. Lo vi venir entre la mirada extraña de los vecinos que no sospechan que ese hombre que aún se resiste desde la prisión de los huesos a la acidez del tiempo, es el último de los juglares de la comarca que vio emerger a Francisco ‘El Hombre’ y la legión cantora que fundó la música más representativa del país, el bendito vallenato.
Para ellos es el ‘papá de vecina’, un viejito noble que se pasa hoy en San Roque, mañana en Cuestecitas y luego en Maicao, donde visita con frecuencia  uno y otro de los 37 de 45 hijos que tuvo, como resistiéndose también al anclaje de la senectud y revalidando su condición de juglar trotamundos.
Se trata de Diego Sarmiento Mejía, acordeonero, compositor y repentista que se salva del inventario de ausencias y olvidos de su hornada. El único sobreviviente de la generación que siguió a Francisco ‘El Hombre’ y cuya estela de notas y versos poblaron tanto el territorio del sur de Riohacha hasta Fonseca y El Hatico hasta tierras cesarenses y venezolanas.
Cuando me saludó como que sospechó que venía a que me diera razones de Francisco ‘El Hombre’ porque me soltó enseguida el halago: “ese hombre me enseñó mucho, lo puede escribir en el papel, yo soy el único músico original vivo  que tocó con él”.
Para reconocer que aún hace honor a ese legado expresó: “soy el único acordeonero que toca como él, cerraba el acordeón arriba y lo habría abajo, no lo habría mucho y lloraba cuando cantaba”.
Sarmiento, el barranquero que nació un 12 de diciembre de 1921, hijo de Mamerto Sarmiento y María Mejía, a pesar de la certeza de la vejez y la decadencia, muestra asomos de ufanía como gallo invicto en cada frase.
Se jacta de que aún toca con maestría el acordeón, que le han echado a muchos gallos como Fermín Pitre, ‘Chiche’ Guerra, ‘Joseche’ Peñaranda, y los derrotó con su nota festiva y su versos picantes.
“Abel Antonio no quiso tocar conmigo porque decía que yo era brujo”, recuerda con sorna, “es que yo me los gano porque lo que compongo se hace de improviso”.
Sarmiento atribuye su vitalidad y firmeza arbórea de 94 años a la leche de las nueve  burras parinderas que tenía su papá, a la malanga de  la sierra y al mondongo, a no abusar del trago cuando tenía compromiso y, por supuesto,  a la savia nutricia de la música que aún destila su corazón.
Se muestra orgulloso y henchido de haber compuesto unas 50 canciones, todas inéditas y tenido unas cien mujeres.
Llegó a Machobayo o Villa Martín cuando tenía 24 años, era el reino donde campeaba aún su longevidad Francisco ‘El Hombre’ antes que el relato legendario suplantara al hombre.
“Llegué a Machobayo a tocarle a los ricos del pueblo: Luis, Segundo y Eulogio Camargo. De allí ni me dejaban salir, me dieron tierra guardarayada, alambre, me salieron de fiadores. Viví mucho tiempo tocando acordeón y haciendo finca”, recuerda Diego de ese periodo cuando escuchaba una y otra vez el relato de cómo una parodia del credo derrotó a un diablo que se las quiso dar de acordeonero.
En Machobayo vivió muchos años, las mujeres se lo peleaban y tuvo allí unas 15 mal contadas.
Allí conoció a ‘Chencha’ de Armas, la que inspiró ‘La puya de Chencha’, la misma que tenía dos hijos de una unión anterior, Gaspar y Segundo Aragón a los que Francisco no podía regañar.
Se separaron, ella se fue a Tomarrazón donde también se separó de una nueva pareja  por el mismo motivo. Cuando Francisco Moscote quiso regresar con ella compuso los versos que aún cuchichean en la memoria de Diego Sarmiento:
“Chencha me dijo a mí
Que iba a pensá  en un panelero y Chencha se quedó esperando la miel  para los buñuelos. Chencha vuélveme a querer  Chencha queréme de nuevo  la mujer con hijo ajenpone al hombre peleador
Y para  evitar una desgracia solo se vive mejor Chencha vuélveme a querer Chencha queréme de nuevo”.
También recuerda haber escuchado a Francisco con su ‘Puya de papa y mama’ que después escucharíamos en la voz de Iván Villazón y de otras personas como autoras:
“Yo vi a papa acostao con mama yo le vi una vaina que le guindada cuando estaban acostado  una vaina le colgaba”.
Aprendió escuchando
Cuando llegó a Machobayo ya se había decidido a recorrer mundo con la magia de su fuelle y la espontaneidad de sus versos. Había aprendido nada menos que escuchando y con el acordeón del más aclamado animador de colitas de la Región: Santander Martínez, padre del ‘Pollo Vallenato’, Luis Enrique, a quien le escuchaba versos dedicados a sus padres:
“Y quiero mucho a Mamerto pero más quiero a María yo quiero que tú me lleves al salón de la alegría”.
“Mi mamá hacía pan y tenía un salón de baile los sábados y domingos en Barrancas, allí tocaba Santander. Después se iba y dejaba el acordeón en una mesa con tres piedras debajo. Yo, cuando estaba solo lo cogía y así aprendí a tocar. Después, con un acordeón guacamayo, que me costó cuatro pesos, me iba a Fonseca y El Hatico a tocar con Luis Enrique, con ‘Monche’ Brito en Papayal y Miguel Carrillo”.
Así fue encontrando motivos para cantar, en Papayal le hizo el memorable merengue ‘Alcira Díaz’ a una agraciada y esquiva morena, unos amigos de Venezuela y la nostalgia que lo hizo regresar a Colombia le inspiraron ‘Tulé’, el episodio que casi le cuesta la muerte en Carraipía a manos de unos wayuú que no querían pagarle las dos novillas por una noche de parranda; le permitieron los versos de otra canción preferida en su repertorio.
El juglar pasa sus días de abulia entre la desazón porque aunque grabó en un estudio del sector del Boliche en Barranquilla, donde lo llevó Miguel Peña, propietario de un traga–níquel, nunca supo qué pasó con el disco.
También se queja que el único de sus hijos que quiso prolongar su legado como acordeonero, ‘Rafita’, murió joven; que llegó a regalar seis acordeones y no solo no se lo agradecen sino que ahora necesita uno con urgencia para sentir que la música aún no le abandona.
Muerto Francisco Moscote, ‘Joseche’ y Fruto Peñaranda, desaparecido ‘Nandito El cubano’, invisibilizados los nombres de Fernando de Armas, Conce Bermúdez, los mellos Germán y Luis Brito, José Antonio Ibarra, ‘Goyo’  y  Darío Freyle, el único de los músicos que campeó su encanto y sus cantos por la comarca del sur de Riohacha donde germinó el vallenato antes de irse a recorrer el mundo es Diego Sarmiento.
A sus 94 años aún tiene mucho que contar y cantar.

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