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05 Feb

Mitología fonsequera desde la perspectiva del profesor Drigelio Campo Ariza

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Como un aporte a  la cultura propia de esta Región, Drigelio Campo Ariza, licenciado en Bellas Artes de la Universidad de la Sabana ha plasmado en sus obras pictóricas y coloridas los diferentes mitos y leyendas del Sur de La Guajira.
Campo Ariza quiso plasmar la mitología fonsequera en el campo artístico especialmente en la pintura, queriendo dejar este legado a sus coterráneos, bien sea para quienes lo conocen lo recuerdan o  lo  ignoran.
A través de retratos el artista traza fantasías y realidades  comunes, ajenas, desconocidas  o imaginadas, tratando de que se constituyan en un aporte para la cultura de las presentes y futuras generaciones.
Con 38 años en la docencia Drigelio aprovechó su larga experiencia como profesor especialmente en la institución educativa Juan Jacobo Aragón, de Fonseca, para conocer de primera mano los cuentos, historias o fábulas urbanas y rurales narradas de distintas maneras.
La mitología fonsequera cuenta cientos de historias que han pasado de boca en boca y saltado de generación en generación, agregando, quitando o acomodando sus partes, las cuales Drigelio ha recogido y comprimido en una obra que quiso compartir con toda La Guajira.

Mitos y leyendas más recordados
En primer lugar se encuentra el ‘ojo picho’, originado según cuentan los mayores, en que una señora llamada Zoila Melo le hacía mal de ojo a los niños de la población y a sus madres cuando los miraba.
‘Pozo azul’: cada vez que el río Ranchería crecía se formaban unos pozos que luego desaparecían, pero sólo uno de ellos perduró.
‘La ligerita’: había unos caballeros que perseguían a las mujeres que salían al mercado, resguardaban a una de nombre ‘Ligerita’, quien cuando era asediada se metía en el cementerio local.
‘La culebra Doroy’: aparecía todos los 2 de noviembre en una creciente del río Ranchería. La serpiente tenía cacho como un chivo, cresta como un gallo y bramaba como un carnero.
‘La  carreta’: se manifestaba en la calle 10  con carrera 16, conocida como la esquina de Emilia Peñaranda, en el barrio Las Flores, hasta la esquina donde reside Nino Añez.
‘El pozo de Taroa’: cuenta don ‘Goyo’ que un esclavo escondía su tesoro en ese pozo, al que llamó Taroa, ubicado en un sitio conocido como la guaca.
‘La llorona’:  se sentía en horas de la madrugada llorando con un niño tratando de revivirlo en las aguas de la acequia de Medina, la cual atravesaba el pueblo.
Sigue explicando Drigelio Campo Ariza sobre el ‘jinete sin cabeza’ a quien veían en la estancia de los Mendoza merodeando a una agraciada dama española, que visitaba a doña Loaiza en la finca ‘La Lidia’, ubicada detrás del Instituto Agrícola, camino hacia el corregimiento de Cardonal.
En esos tiempos la ‘mano pelúa’ salía en la torre de la iglesia San Agustín a las alumnas de La Inmaculada  cuando trataban de subir al campanario.
Otra de los mitos es el de ‘las comadres’. Cuentan que todo el que viajaba a El Hatico veía dos piedras enfrentadas entre sí. Se dice que eran dos comadres que iban a hablar de todo al pueblo y allí por castigo fueron petrificadas en piedra.
‘El  Silbita’: deambulaba por todo Fonseca a partir de las dos de la madrugada asechando a los caballeros que madrugaban a esa hora para realizar diferentes labores.
‘Los alertos’: cuentan los abuelos que los dos de noviembre tocaban las ventanas pidiendo el diezmo para salvar las almas que estaban en el purgatorio.

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