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23 Nov

Álvaro Álvarez, ‘Juancho’ Rois y Roberto Calderón, en aprietos

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‘Alvarito’ Álvarez, ‘Juancho’ Rois y Roberto Calderón han sido de esos sanjuaneros que se nos meten en el corazón sin pedir permiso y para siempre. De ‘Juancho’ he escrito innumerables episodios con un resto que alcanza para llenar más páginas que las que tiene ‘El Quijote’.  Hoy me toca escribir sin borrador en un interminable papel de seda una historia tan cierta como que hoy Álvaro Álvarez nos pone en su boca para meternos en problemas. ‘Robe’, por el contrario, ha sido de pocas palabras, pero muy animado para festejar cualquier ocurrencia.
Sucede que para un 24 de octubre después de unos tragos donde Dalia Zúñiga, la mamá de ‘Juancho’, se nos dio por irnos a Corral de Piedra a buscar a unas amigas que teníamos “amarradas” para llevarlas por la noche a un mano a mano de Diomedes Díaz con Los Hermanos Zuleta.
‘El Conejo’ había coronado una camioneta Ranger que ‘El Gavilán Mayor’ le había adelantado como regalo de su cumpleaños para el 25 de diciembre. De allí salimos Roberto Calderón, ‘Juancho’, ‘El Triple A’ y yo a nuestro cometido.
De regreso, con las niñas a bordo, se nos apagó la camioneta en la mitad del río Cesar, que aumentaba sus aguas en una creciente que fácilmente pudo llevarnos al Salguero. Aquel fue un momento de alta tensión. Las muchachas, llenas de nervios, disparaban su adrenalina en oraciones para pedir a Dios que nos hiciera el milagro de sacarnos de esa sanos y a salvo. ‘Alvarito’ gritaba tan fuerte que su voz apagaba la de las tres mujeres. Roberto y yo éramos los más serenos, pero estábamos muy preocupados luego de que este me confesara que no sabía nadar. San Juan Bautista nos hizo el milagro.
Cuatro jinetes, que se disponían a sus labores de ordeño en una finca cercana al inminente desastre, aparecieron de la nada para rescatarnos. La dificultad aumentaba con el vehículo inclinado hacia atrás y el vagón llenándose de agua, pero Dios no abandona al cobarde. En medio de semejante tribulación, no sé de dónde salió la formidable idea de tirar unas manilas de los caballos para amarrar la defensa del carro. En un santiamén halaron y nos pusieron fuera de peligro.
En lo seco y un poco más tranquilos, con más de una hora en desespero, uno de los labriegos reconoció a ‘Juancho’, a ‘Alvarito’ y a Roberto para regañarlos  con el argumento de no prever el riesgo que significaba atravesar el río en esos tiempos de invierno y a esa hora (cuatro de la mañana), además, ebrios con esas niñas ajenas.
Todos apenados agachamos la cabeza, pero en el carro traíamos un acordeón y una guitarra que Roberto machucaba de manera sutil y cadenciosa al compás de sus canciones. Después del merecido regaño, nos tocó aceptar el error y cumplir con la exigencia de los caballistas que pedían escuchar una o dos piezas de esas que ellos conocían a través de la radio.
Empezamos con ‘Luna sanjuanera’, seguimos con ‘El fuete’ y otros cantos más que hicieron de nuestros salvadores el motivo para su más grande irresponsabilidad. Sin darnos cuenta nos dieron las nueve de la mañana juntos, y ellos debían ordeñar el ganado que desesperado bramaba en un corral cercano. “¡Que se mamen esas vacas!”, decía ‘Alvarito’. “Mi papá es amigo del señor Luis Enrique”, refiriéndose al patrón de los labriegos, como si eso fuera suficiente para justificar la enorme falta.
Retozando a la sombra de un higuerón a la orilla del río, nos desconectamos del mundo. Las muchachas, felices y animadas, hicieron una hoguera para espantar los mosquitos, y los caballos casi desaparecieron en la enmontonada cortina de pasto que nos rodeaba, como en una de esas mañanas que Jorge Isaac describió en su novela ‘María’.
Hubo de todo, hasta churro. Cuando escaseó el aguardiente, uno de ellos se apeó a su animal para desenterrar un calabazo y cortar unos tres kilos de queso que tenía muy cerca de la improvisada parranda.
Lo mejor de la historia es que cuando estábamos bien fondeados aparece un señor de apellido Daza Cuello, dueño de la finca donde operaban los caballistas. Después de ordenar el sacrificio de cuatro gallinas y mandar a traer dos garrafas desde Guayacanal, se emocionó tanto que prometió regalarnos una novilla a cada uno, sorprendido además por la habilidad con que ‘Juancho’ tocaba y cogía viaje para soltarle una de esas mentiras que ni ‘Alvarito’ daba para sustituir.
Cuando rayaban las dos de la tarde nos hizo embarcar hasta San Juan para terminar por la noche en su terraza. Después todos nos fuimos a acompañar a Diomedes con ‘Juancho’ en la tarima de la caseta internacional.
Así es nuestra música y este uno de sus episodios protagonizados por la improvisación sana de cualquier evento con personajes como Álvarez.

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